LA OIT Y LOS "EXCESOS" DE LA
MUNDIALIZACIÓN.
Alejandro Teitelbaum
En los últimos días se hizo público y comenzó a circular por internet un
resumen de un documento elaborado para la Oficina Internacional del Trabajo por
una "Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización".
Dicha "Comisión Mundial" fue creada a iniciativa del Director General
de la OIT, Juan Somavia, y está integrada, aparte del mismo
Somavía, por otras 25 personas, la mayoría de ellos funcionarios o ex
funcionarios gubernamentales o internacionales, entre los cuales se cuentan la
presidenta de Finlandia y el Presidente de Tanzanía, el ex preidente de Uruguay
Julio María Sanguinetti y tres representantes del "nucleo
duro" del sector empresarial: Taizo Nishimuro, vicepresidente
de la central patronal de Japón y Presidente de Toshiba, François
Perigot, presidente de la Organización internacional de empleadores
, ex director de Unilever y actual presidente de MEDEF Internacional, una
rama de la organización patronal francesa y Ann McLaughlin
Korologos, vicepresidenta de la Rand Corporation y miembro de los
Consejos de Administración de Microsoft, de Kellogs y de otras grandes
transnacionales y ex presidenta del Instituto Aspen.
Con un presupuesto anual de 160 millones de dólares, la Rand Corporation es el
centro privado más importante de investigaciones en materia de estrategia y de
organización militar en el mundo. Es la expresión prestigiosa del lobby
militar-industrial estadounidense. Condolezza Rice y Donald Rumsfeld fueron
miembros de su Consejo de Administración antes de asumir sus actuales funciones
oficiales.
El Instituto Aspen es un "think tank" del neoliberalismo que se
fundó en USA en 1950 y ahora tienen filiales en varias regiones del mundo.
También forman parte de la Comisión el premio Nóbel de Economía
Joseph Stiglitz, "arrepentido" del FMI , el Presidente de la
central sindical estadounidense AFL-CIO y Aminata Traoré conocida por su
actuación en los foros "altermondialistas".
El resumen publicado permite darse una idea de la orientación general del
documento completo (que tiene unas 200 páginas).
Comienza diciendo que "los beneficios que pueden obtenerse con la
globalización son inmensos" y que ésta "ha abierto la puerta a
numerosos beneficios. Ha propiciado sociedades y economías abiertas, así
como una mayor libertad para el intercambio de bienes, ideas y
conocimientos". La expresión "sociedades y economías
abiertas" no logra ocultar la realidad que dicha expresión implica: naciones
enteras sometidas al pillaje de las sociedades transnacionales y del capital
financiero internacional. La frase que hemos subrayado es de
una falsedad notoria: el proteccionismo que practican las grandes potencias es
cada vez mayor, la libertad de pensamiento está aherrojada por las
transnacionales de la comunicación y sometida cada vez más al control
policíaco de los Estados y los conocimientos (tecnológicos, científicos e
incluso la sabiduría popular y ancestral ) están monopolizados por los grandes
consorcios internacionales a través del sistema de patentes o de la
simple piratería.
Después el documento señala algunos de los desastres humanitarios producidos
por la globalización: desempleo, trabajo mal remunerado, brecha creciente entre
pobres y ricos, crisis de la democracia, etc., desastres que son ampliamente
conocidos en primer lugar por las víctimas, que se cuentan por miles de
millones, y por cualquiera que se interese mínimamente por los temas sociales.
El documento formula algunas vagas propuestas tendientes a mejorar la
situación y , entre ellas, ésta realmente sorprendente : "El
sistema financiero internacional debería prestar un apoyo más decidido al
crecimiento global sostenible", simulando ignorar que justamente el
capital financiero internacional rentístico y especulativo es el principal
responsable del desastre social mundial, incluso en detrimento del capital
productivo.
En el documento se dice que "el terrorismo mundial amenaza a las
sociedades abiertas" pero no encontramos ni una sola palabra (al
menos en el resumen) sobre el superarmamentismo, las guerras de agresión y el
recorte a escala mundial de los derechos y libertades con el pretexto del
terrorismo.
Se puede resumir diciendo que el documento señala los efectos perversos más
notorios de la mundialización pero se abstiene cuidadosamente de
mencionar las causas profundas. Y de extraer las conclusiones y formular
las propuestas consiguientes para combatir esas causas.
Sin perjuicio de analizar más adelante el documento completo, se puede llegar a
la conclusión de que el mismo refleja la preocupación de la elites dirigentes
mundiales por el creciente descontento de las masas populares ante una
situación que se hace cada vez más insostenible. Las clases dominantes tratan de encontrar fórmulas o
válvulas de escape sin perder las plumas.
Forma parte de esta estrategia la política de recuperación -en marcha- de
los movimientos "altermundialistas" a través de lo que se está
comenzando a llamar "el diálogo entre Davos y Porto Alegre". No son
ajenas a dicha política algunas grandes ONG.
El próximo Foro de Barcelona parece prepararse bajo el signo de esta
recuperación: son rechazados documentos críticos del sistema y hay una polémica
a raíz del giro empresarial del mismo, que incluye proyectos urbanísticos en
torno al Foro y en particular el hecho de la participación y/o
esponsorización de empresas que tienen vínculos importantes con el comercio de
armas en España.
Sobre la recuperación de los movimientos altermondialistas, recomendamos leer
el lúcido artículo del profesor español José Vidal-Beneyto, que
reproducimos a continuación.
Alejandro Teitelbaum
Lyon 27/02/04
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El abrazo del oso
JOSÉ VIDAL-BENEYTO
Catedrático de la Universidad Complutense - Madrid
Diario EL PAIS 7/2/2004
Todos los movimientos cuyo proyecto fundamental consiste en la transformación
radical del mundo al que pertenecen tienen en la contestación de sus
principales procesos, y en la impugnación del modelo que los inspira, su único
cumplimiento posible. La fractura de la estructura social dominante y de los
poderes en los que se apoya son su razón de ser, su modo privilegiado de
existencia. Cejar en ese enfrentamiento no es quemar las naves, es quedarse sin
mar, pues sólo el antagonismo los hace existir. La agitada movilización
estudiantil e intelectual de los años 60, su repudio sin concesiones de las
autosatisfechas prácticas consumistas, su rechazo del crecimiento a cualquier
precio, su denuncia de la sociedad del espectáculo, su utopía adolescente de
pedir lo imposible y su postulación absoluta de cambiar la vida, supusieron una
sacudida importante de la omnipotencia capitalista del mercado y del
triunfalismo de los comportamientos desarrollistas de masas. El proceso tuvo su
expresión culminante en los acontecimientos rupturistas de la primavera del
1968.
Pero las acciones de hostigamiento cesaron poco a poco, la pugnacidad del
movimiento comenzó a agotarse y el abrazo del oso se hizo irresistible. Los
partidos tradicionales, sobre todo los de izquierda, y las grandes
instituciones y organizaciones sociales se sintieron amenazados en su
legitimidad y fagocitaron aquellos modos y propósitos del 68 que les parecían
más peligrosos para su dominación, utilizándolos para restañar, recurriendo al
juego institucional, los quebrantos que se les habían causado y para prevenir
los destrozos que pudieran producirse en el futuro. En el entretanto la
voluntad de cambio había perdido su filo radical, se entraba en la banalización
normalizadora de las principales mutaciones que se habían suscitado y se
entregaban al consumo los nuevos territorios alumbrados. Las aguas, pues,
volvieron a su cauce, no sin dejar, claro está, algunos vestigios de lo que
habían acarreado: la exaltación de la libertad sin límites ni contrapartidas
-la década fue, de alguna manera, libertaria-; la reivindicación de lo
cualitativo, y en especial de la calidad de la vida, frente al cuantitativismo
economicista; el primado de la naturaleza y del hombre frente al progreso
tecnológico y productivo; el principio del placer y de la realización personal
como vertebradores de la existencia humana. Restos del naufragio de una
esperanza que estaba comenzando a ser realidad.
En las últimas décadas del siglo pasado la economía financiera se arroga la
primacía de la vida económica sustituyendo en esa posición a la economía real
de bienes y servicios. Simultáneamente, en base a la mitificación de las
virtudes del comercio internacional y a la desregulación de los marcos
normativos de los Estados, se acelera y confirma la internacionalización de la
actividad económica y las compañías multinacionales, de vocación
intrínsecamente mundial, se convierten en los protagonistas indisputables de la
creación de riqueza. La multiplicación, en todos los sectores, de los procesos
plurinacionales y la emergencia de un mercado global, pronto dominante, hacen
de la mundialización financiera, de impronta conservadora, el paradigma
triunfante. Sobre todo porque al utilizar como único sistema de evaluación
económica el modelo liberal clásico y su conjunto de variables, pueden
ignorarse obstinadamente los costos sociales y medioambientales que genera y
negarse a tener en cuenta otros indicadores, incluso los parámetros propuestos
por el Programa para el Desarrollo de las Naciones Unidas (UNDP) y su opción
humanista. Con lo que los resultados no pueden ser, en virtud de la tautología
de su método de cómputo, sino excelentes, ya que, más allá de algunas crisis de
contexto y coyuntura, el sistema sigue operando y puede sostenerse que nunca ha
producido tanta riqueza de ese tipo.
Lo más perturbador de esta situación es que, según los analistas más fiables y
los responsables de los organismos económicos internacionales, la superabundancia
productiva que anuncian las cifras, se traduce en un aumento persistente de la
miseria y de la degradación de las condiciones de vida, así como en un auge
dramático de las desigualdades. A la simultaneidad de tanta riqueza y de tanta
miseria, de tantas posibilidades económicas y de tantos malogros sociales, que,
además, nuestra sociedad mediática nos exhibe a diario, ha venido a añadirse la
perversión y las corrupciones de lo que se está llamando democracia de mercado.
Que no funciona. El sectarismo partitocrático, la incontrolable cratofagia de
las organizaciones políticas y la voracidad insaciable de las grandes empresas
han generado una desafección, cada vez más general, de los ciudadanos por la
actividad política y el funcionamiento empresarial. Rechazo que debe mucho a
las trampas y a los chanchullos que forman parte del ejercicio diario de
eminentes políticos y empresarios, por los que en ocasiones pagan el precio de
la cárcel, pero nunca del descrédito personal y el ostracismo social. Sinvergüenzas
pero ricos, es decir, poderosos y celebrados, lo que hace imposible acabar con
esos modos fulleros de comportamiento profesional.
En cualquier caso la continua contracción de los puestos permanentes de
trabajo, que han instalado el paro y la precariedad en el cogollo mismo de la
estructura laboral, aparece estrechamente vinculada a la concentración
empresarial y a sus OPAs, para muchos directamente derivadas de la
mundialización liberal-conservadora, a la que la arquitectura
político-institucional, de condición intergubernamental, y las organizaciones
globales paralelas -G-7/G-8, G-20-, sirven de legitimación y apoyo. Era pues no
sólo coherente, sino de alguna manera inevitable que los primeros
levantamientos contra este estado de cosas, se produjeran con ocasión de
reuniones convocadas por ellas, susceptibles de favorecer a los Estados del
Norte y a sus multinacionales. Un abigarrado conjunto de grupos pacifistas, de
organizaciones contra la deuda externa de los países del Sur -Global Exchange,
Direct Action Network, etcétera- de colectivos ecologistas, profesionales,
feministas, religiosos, sindicalistas, humanitarios, y en general de las redes
de activistas de progreso y de actores solidarios, procedentes en especial de
Europa y América, fueron/son sus principales impulsores. Después de algunas
acciones pioneras contra las asambleas del Banco Mundial y del FMI a finales de
los años 80; de la aparición del neozapatismo antiglobalizador en Chiapas; de
la resistencia paralizadora del Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI)
promovido por la OCDE en 1997 en París, fue la extraordinaria movilización de
noviembre de 1999 en Seattle, que consiguió impedir la reunión de la OMC y el
lanzamiento de la Ronda del Milenio, la que constituyó el gran aldabonazo mediático
que impuso al movimiento antiglobalizador, luego más apropiadamente designado
como altermundista.
A partir de ahí, todas las cumbres de los grandes de este mundo y de sus
instituciones internacionales concitaron la pacífica pero ruidosa repulsa de
los grupos y asociaciones de base, aglutinados, de manera informal, en el
movimiento social mundial. La contestación de las reuniones de Bangkok,
Washington, Melbourne, Praga y Seúl en el año 2000; las de Quebec, Buenos
Aires, Barcelona, México y Doha en el 2001; las de Monterrey, Madrid, Roma,
Sevilla, de nuevo Barcelona, Toronto, Calgary, México y Copenhague en el 2002,
y finalmente las seis del año último instalaron, de forma definitiva, la
impugnación altermundista en el mapa de la geopolítica mundial. El reproche del
carácter puramente negativo de todas estas acciones y la conciencia de que
había que pasar de la crítica a la proposición encontró respuesta en los Foros
sociales de los que, desde el 2001, el Foro Mundial de Porto Alegre fue modelo
y emblema. Su combinación de debates y proyectos, su contraposición al Foro
Económico de Davos; sus objetivos al mismo tiempo locales -tomando pie en el
presupuesto municipal participativo de la ciudad de Porto Alegre- y globales;
su vocación radicalmente pacífica y el horizonte de sus utopías concretas con
el voluntarismo de su lema otro mundo es posible, le otorgaron una
extraordinaria capacidad de convocatoria. De 25.000 a más de 100.000
participantes en el reciente Foro de Mumbay, de 50 a más de 130 países y una
incontenible multiplicación de Foros nacionales y locales han dotado a la
opción altermundista y a sus propósitos de una notable visibilidad que los
medios de comunicación no han querido/podido ocultar.
Todo esto, sin embargo, no hubiera sido posible sin el soporte institucional de
la ciudad de Porto Alegre y de su Estado y sin una cierta formalización de sus
modalidades operativas. Los altermundistas siguen rechazando la creación de
estructuras centrales de poder que los representen y que sus reuniones terminen
con las habituales Declaraciones y Conclusiones propias de los encuentros
políticos, y siguen insistiendo en la naturaleza absolutamente múltiple y
autónoma de sus proyectos y acciones. Pero eso no impide que poco a poco vayan
emergiendo unas líneas comunes dominantes, que se instalen las luchas por el
poder, que comiencen a aparecer inercias y usos corporativos, que el movimiento
social consagre líderes que se impongan en el espacio político convencional
-Lula es el ejemplo-, que le salgan unos compañeros de viaje -grandes ONG, foro
de alcaldes, foro de parlamentarios, Joseph Stiglitz- más o menos deseados.
Además la analogía modal de los Foros con las habituales reuniones políticas y
la familiaridad temática de sus propuestas, radicalidad aparte, con los
programas de los partidos políticos adecentan al altermundismo y le confieren
aceptabilidad. Es decir, preparan al abrazo del oso. Máxime cuando las
dos grandes urgencias con las que se enfrenta -la refundación teórica de la
sociedad, la economía y el Estado; y la aparición, que tiene que ser
espontánea, de una plataforma de referencia y de coordinación flexible y
operativa- necesitan un lapso temporal, que no se cuenta en años sino en
décadas. Ahora bien, por una parte, el reloj del tiempo político es el urgido
calendario electoral y el del tiempo mediático, la imparable secuencia del
telediario; y, por otra, no caben los espacios vacíos. Y así, puesto que se
atenúan los fragores de la pelea entre sociedades multinacionales y militantes
altermundistas, entre Davos y Porto Alegre, invoquemos su acercamiento y
aceleremos el tempo de la reconciliación. Davos destierra las corbatas y se
apunta a lo social. A la boda, que se anuncia inminente, le salen muchos
padrinos. El último en el tiempo es el Foro de Barcelona 2004, que por fin ha
encontrado su razón de ser.
Pero esa pareja no puede cuajar. Davos es sólo una operación de relaciones
públicas del gran capital que se ha montado para vender optimismo capitalista.
Los lemas-conclusiones que han circulado por los companions -las agendas
electrónicas conectadas entre sí- de los líderes globales congregados en la
montaña mágica suiza, no dejan lugar a dudas. Ni una palabra de Enron, Parmalat
y la corrupción endógena, estructural del sistema. Las alusiones al hambre, la
miseria, la defensa del medio -que comparten con el movimiento social- han sido
brindis al sol, recordatorio de la inseguridad que generan y a las que se
responde con la criminalización de la pobreza. Por su parte, Porto Alegre no
puede limitarse a incrementar el numero de Foros y de participantes y a apostar
a la cantidad y a la celebración. Su cometido esencial es la crítica y la
denuncia de un orden de cosas inaceptable, la repulsa radical en la calle y en
el trabajo del sistema, dando cuerpo a una opinión pública mundial masiva,
contestataria y alternativa. El 15 de febrero pasado más de 20 millones de
personas dijeron simultáneamente que no a la guerra en 53 países. Sólo este
tipo de comportamientos puede preservar del abrazo del oso, hacer al
altermundismo irrecuperable. ----------------